Qué decepción fue encontrarme contigo, hubiese preferido que no me saludaras. Después de todo, no sueles gastar el tiempo con personas como yo: siempre fuiste un lobbysta por dentro, y añoraste que llegara el día en el que toda la sarta de rotos se despojaran de tu espalda. Ahora eres tú quien le sobas las espaldas a una larga faena de contactos políticos y camaradas varios, y como los parásitos, no vives sin comer un poquito de su suculenta existencia.
Yo sé que naciste cínico, y créeme que es un talento aplaudido en estos tiempos. Me sonreíste con esa hilera de dientes que el resentimiento te fabricó; y con esas comisuras te la pasabas engañándote: no soportabas ser un roteque.
Te dignaste a preguntarme cómo me iba, aunque ya sé que nada te importa. Y no es que sea una imprudente, pero mijito, aún cuando gastes millones en perfumería, se le siente el olor a caldo Maggie al abrazarme; y detrás de toda esa burocracia aún te bailan los pies con la cumbia y quisieras transformar Martini en chichita.
Cómo te ha cambiado el mundo cabrito, que ahora el verde de los billetes te parece más atractivo que el de los campos. Cómo y cuándo te convertiste en la bandera de los levantados de raja, y blanqueaste el pasado como quien barre la basura de la entrada de su casa. En otras palabras, descubriste la bulimia del poder, y todos los días vomitas pobreza.
Odiaste al cuico porque en promedio es más alto, más bello, más educado y listo. Ahora, no sé si fue el destino quién te sembró una papa en la garganta, pero lo que está claro, es que le lustras los zapatos a quienes tanto crucificaste.
Te admiré tanto porque pensé que aún no te resignabas a vivir en este mundo real: lleno de leviatanes, mentiras, cinismos y miedos. Pensé que con tu brillante cerebro terminarías siendo un gran líder, y de eso queda bastante poco. Yo sabía que el brillito de tus ojos, cuando decías que querías cambiar el mundo sería abatido. La desgracia fue encontrarte hecho todo lo contrario: sin pelo, con más guata, con una cabeza de economista y camuflado con el gris de un terno.
Anyway, te doy las gracias por el abrazo, mal que mal fue gratis, y esa palabra no está en tu vocabulario. Y si nos encontramos de nuevo, espero que me evites; no vaya a ser que a mí se me pegue todo ese resentimiento, y usted se vaya a las reuniones pasado a sopaipilla... que mal visto sería.
Medula del escrito: Daniela Céspedes
Yo sé que naciste cínico, y créeme que es un talento aplaudido en estos tiempos. Me sonreíste con esa hilera de dientes que el resentimiento te fabricó; y con esas comisuras te la pasabas engañándote: no soportabas ser un roteque.
Te dignaste a preguntarme cómo me iba, aunque ya sé que nada te importa. Y no es que sea una imprudente, pero mijito, aún cuando gastes millones en perfumería, se le siente el olor a caldo Maggie al abrazarme; y detrás de toda esa burocracia aún te bailan los pies con la cumbia y quisieras transformar Martini en chichita.
Cómo te ha cambiado el mundo cabrito, que ahora el verde de los billetes te parece más atractivo que el de los campos. Cómo y cuándo te convertiste en la bandera de los levantados de raja, y blanqueaste el pasado como quien barre la basura de la entrada de su casa. En otras palabras, descubriste la bulimia del poder, y todos los días vomitas pobreza.
Odiaste al cuico porque en promedio es más alto, más bello, más educado y listo. Ahora, no sé si fue el destino quién te sembró una papa en la garganta, pero lo que está claro, es que le lustras los zapatos a quienes tanto crucificaste.
Te admiré tanto porque pensé que aún no te resignabas a vivir en este mundo real: lleno de leviatanes, mentiras, cinismos y miedos. Pensé que con tu brillante cerebro terminarías siendo un gran líder, y de eso queda bastante poco. Yo sabía que el brillito de tus ojos, cuando decías que querías cambiar el mundo sería abatido. La desgracia fue encontrarte hecho todo lo contrario: sin pelo, con más guata, con una cabeza de economista y camuflado con el gris de un terno.
Anyway, te doy las gracias por el abrazo, mal que mal fue gratis, y esa palabra no está en tu vocabulario. Y si nos encontramos de nuevo, espero que me evites; no vaya a ser que a mí se me pegue todo ese resentimiento, y usted se vaya a las reuniones pasado a sopaipilla... que mal visto sería.
Medula del escrito: Daniela Céspedes
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