21 de febrero de 2010

Las francesas no engordan

Las francesas no engordan, pero disfrutan comiendo pan y pasteles, bebiendo vino y almorzando comidas de tres platos. Esto se logra al descifrar los sencillos secretos de la «paradoja francesa» Que pretende contestar ¿Cómo disfrutar de la comida sin perder la línea, a la vez que se conserva la energía. Mireille Guiliano nos ofrece una visión actual, encantadora y bien documentada acerca de la salud y la alimentación. Mediante estrategias sencillas -pero eficaces- y docenas de recetas de las más variadas, devela los ingredientes para controlar tu peso, desde las medidas de emergencia de un fin de semana, hasta trucos cotidianos de cómo convencernos a nosotros mismos que no necesitas comer más.
Haciendo hincapié en la frescura, la variedad, el equilibrio y, desde luego, en el placer, Mireille demuestra que prácticamente todo el mundo puede aprender a comer, beber y moverse como una francesa.
Un best-séller absolutamente recomendable.

14 de febrero de 2010

¿Qué piensa la gente como tú?

Estaba en el avión cruzando el atlántico. Al lado mío estaba una argentina de voz ronca, joven y de unos rasgos casi tallados a mano; a mi otro costado se ubicaba un matrimonio francés, de cuerpos menudos y con ciertos temores a las alturas, quienes cada cierto tiempo se aferraban a los asientos con tal intensidad que hasta a mi me transmitían dejos de inseguridad.

Ya habían pasado varias horas, y al parecer estábamos bordeando el desierto del Sahara y las costas de Marruecos. No sabía cuanto faltaba exactamente para llegar a mi destino final, pero lo único que recordaba es que me había quedado dormida algunas horas. De mi hermana no sabía nada, no la veía desde que abordábamos en Santiago y por lo mismo le pregunte a un sobrecargo si había dejado un mensaje para mí.

Llegamos a Madrid, el viento soplaba fuerte, la intensidad se percibía en la presión que ejercía en uno. En el bus, justo al frente mío se sienta el mismo sobrecargo que me atendió en el avión. Me fue inevitable preguntar a mi hermana si lo conocía, pero me dio datos ambiguos que no saciaban mi curiosidad. Entre tanto bullicio, me di cuenta que era el único que se encontraba solo.
Antes de tomar el ascensor me lo topo, siempre bien parado y de ánimo calmado. Se acerca y me saluda con una leve sonrisa, y damos pie a una breve conversación. Juro que no fueron más de 6 minutos, pero tomé tanta atención, que soy capaz de precisarlos con una excepcional prolijidad. Entre palabras me contó que había estudiado literatura. Pero a simple vista me di cuenta que su traje callaba lo que un cuerpo de niño utópico bulliciaba: Libertad. Era tan fácil darse cuenta que no le gustaban las estructuras, que peleaba con las reglas, y que no soportaba a los empaquetados. Le pregunte si era feliz con su trabajo, y me responde que no. Supongo que lo mantiene porque le da un acceso a un mayor bagaje cultural, y quiéralo o no, le permite vivir, algo no menor en estos tiempos.

Me trate de hacer la interesante, de hacer preguntas rebuscadas y tocar temas poco aconsejable; no sirvió. Mantiene una distancia éticamente profesional, entrega la información justa, y no se da a conocer de manera sencilla. Le dije que había leído un libro titulado “Conversando con la Libertad” de Lucía Santa Cruz, quién había hecho clases de “historia moderna” -que sin duda fue mi ramo predilecto- en la universidad Católica, y terminé diciéndole que se lo haría llegar por medio de mi hermana.

Dos días después me lo encuentro en el ascensor, y aquel trayecto no daba para más que un saludo formal. Ese mismo día recorrí Toledo y sus calles medievales, al otro día me terminé de impresionar con la arquitectura imponente de Madrid. Y en el ave, como le dicen ellos al tren, recorrí la periferia de Barcelona y Sevilla.

Cuando llegó el día de volver a Santiago me lo topé a la salida del hotel, y luego en el aeropuerto de Madrid, ahí fue cuando me dijo que apenas le llegara mi libro él me mandaría de vuelta uno para mí.

Aterrizando en Santiago me dirigí al “Duty free” donde lo vi pasar por última vez. Con un tanto de incomodidad me acerqué y le dije: me enteré que escribías. Para finalmente terminar diciendole con una especial sutileza: si pudiera leer lo que escribes, sería aun mejor.

Él me anotó la página de su blog en un papel, que luego tuve que descifrar casi letra por letra para poder encontrar sus escritos. Hasta la fecha he leído casi todas las entradas y me doy cuenta que como comentarista es genial, puede hacer una valoración desde la novela “La espesura” de Cristián Barros, pasando por una crítica al modelo Neoliberal en el ensayo de José Comblin, para luego terminar dando su apreciación sobre las Seis Sonatas para piano de Ludwig van Beethoven. Pero al momento de ahondar en el plano personal, sus expresiones son casi inexistentes.

Instantes antes de despedirnos mi mente se cuestionaba “¿Qué piensa la gente cómo tú? ¿A qué avocará los pensamientos y cómo los traducirá en escritos?” y de la nada de mi boca exclamó: ¡Qué difícil es conocer a la gente como tú! A lo que él responde de forma inherente: “Es que a lo mejor, tú quieres conocer a la gente demasiado rápido”. Me quedé callada, marcando el fin de la conversación.

-Han pasado aproximadamente dos meses de aquel viaje. Aun no he visto a mi hermana, y aquel libro todavía no se lo paso.