7 de junio de 2010


Me preguntaron qué profesión elegiría en un hombre. Luego de unos minutos se me vinieron dos a la cabeza:
Me gustaría que fuera arquitecto. La gente qué me conoce sabe la importancia que le doy a la decoración, la ambientación y la combinación de texturas y colores. Sería genial poder diseñar mi hogar junto a una persona que sea ducho en el tema. Me imagino primeramente un departamento de solteros de dos habitaciones; una suite matrimonial de colores tierra y texturas pesadas, una cama trabajada en alerce con grandes almohadones, y al costado una gran sillón de color crema junto al ventanal norte. La segunda habitación sería de lectura; en donde la muralla principal estaría adornada por un papel tapiz de mapamundi, y al frente se ubicaría una biblioteca elaborada con maderas sureñas, ya sea de roble, alerce, lenga o ciprés, mientras que dos lámparas voluminosas colocadas en los rincones se encargarían de la iluminación. Siguiendo, en el comedor y el living encontraríamos colores calidos, sillones amplios, maderas oscuras, texturas porosas y cuadros al óleo muy bien alumbrados. Para finalmente encontrarnos con una muralla de piedra caliza y el infaltable olor a ciprés que tanto me gusta.
Mientras que la segunda profesión sería la de chef. Ese personaje dinámico, dotado de historia, sociable, de temperamento fuerte y por sobre todo innovador. Un hombre de sensibilidad aguda, tan apunto de desarrollar un sexto sentido que se vuelve amante de la buena vida. Leer un libro de un chef es todo un prodigio, ya que el bagaje cultural y gastronómico se refleja en expresiones alborotadas y detallistas, que hacen alusión a la sensibilidad con que perciben el mundo. No sólo se trata de preparaciones simplistas, de datos bohemios y recetas domingueras, sino, de aquella pasión con la que son capaces de expresar la cultura, en donde las manos cumplen un rol fundamental, siendo el punto de encuentro con la realidad.

6 de junio de 2010


-Ya entendí porque las mujeres mayores prefieren a los hombres jóvenes, no sólo porque las hacen ver más vitales, sino, porque los hombres mayores son, por lo general, menos entretenidos, más enojones y a la vez están más inmersos en la rutina generadora de plata. O sea, los menores son buenas alternativas.
-Es mejor un hombre engreído que uno que peque de falsa modestia, al menos el engreído es honesto.
-Me he dado cuenta que entre más nos complican los hombres, mas vamos a la pelea, entremedio uno que otro lloriqueo y al final llega un hombre nada que ver a los que estábamos acostumbradas y en una semana ya estamos emparejadas. O sea, no somos claras ni con nosotras mismas.
-Cuando tu quieres algo con un hombre, el hombre quiere todo lo contrario contigo, por lo mismo se distancia, y cuando por casualidades de la vida se vuelven a encontrar, te diste cuenta que los roles se invirtieron. O sea, next.
-Cuando las mujeres están necesitas buscan cariño de quien venga, pero cuando están solicitas se dan el lujo de ser clasistas. Y peor aún, cuando están solas buscan a sus viejos pretendientes, creyendo que las cosas se volverán a revivir, y cuando se dan cuenta que no es así; ahí si que parte el caos, los sicopateos mentales y las autoflagelaciones. Mientras que las alternativas post-fracaso son dos; o la autoestima se va por el suelo, o se da inicio a la operación compras desesperadas con el fin de recuperar esa vieja calidad de seducción. O sea, lo que piensan los hombres de nosotras, en realidad sí nos importa.