
Me preguntaron qué profesión elegiría en un hombre. Luego de unos minutos se me vinieron dos a la cabeza:
Me gustaría que fuera arquitecto. La gente qué me conoce sabe la importancia que le doy a la decoración, la ambientación y la combinación de texturas y colores. Sería genial poder diseñar mi hogar junto a una persona que sea ducho en el tema. Me imagino primeramente un departamento de solteros de dos habitaciones; una suite matrimonial de colores tierra y texturas pesadas, una cama trabajada en alerce con grandes almohadones, y al costado una gran sillón de color crema junto al ventanal norte. La segunda habitación sería de lectura; en donde la muralla principal estaría adornada por un papel tapiz de mapamundi, y al frente se ubicaría una biblioteca elaborada con maderas sureñas, ya sea de roble, alerce, lenga o ciprés, mientras que dos lámparas voluminosas colocadas en los rincones se encargarían de la iluminación. Siguiendo, en el comedor y el living encontraríamos colores calidos, sillones amplios, maderas oscuras, texturas porosas y cuadros al óleo muy bien alumbrados. Para finalmente encontrarnos con una muralla de piedra caliza y el infaltable olor a ciprés que tanto me gusta.
Mientras que la segunda profesión sería la de chef. Ese personaje dinámico, dotado de historia, sociable, de temperamento fuerte y por sobre todo innovador. Un hombre de sensibilidad aguda, tan apunto de desarrollar un sexto sentido que se vuelve amante de la buena vida. Leer un libro de un chef es todo un prodigio, ya que el bagaje cultural y gastronómico se refleja en expresiones alborotadas y detallistas, que hacen alusión a la sensibilidad con que perciben el mundo. No sólo se trata de preparaciones simplistas, de datos bohemios y recetas domingueras, sino, de aquella pasión con la que son capaces de expresar la cultura, en donde las manos cumplen un rol fundamental, siendo el punto de encuentro con la realidad.
Me gustaría que fuera arquitecto. La gente qué me conoce sabe la importancia que le doy a la decoración, la ambientación y la combinación de texturas y colores. Sería genial poder diseñar mi hogar junto a una persona que sea ducho en el tema. Me imagino primeramente un departamento de solteros de dos habitaciones; una suite matrimonial de colores tierra y texturas pesadas, una cama trabajada en alerce con grandes almohadones, y al costado una gran sillón de color crema junto al ventanal norte. La segunda habitación sería de lectura; en donde la muralla principal estaría adornada por un papel tapiz de mapamundi, y al frente se ubicaría una biblioteca elaborada con maderas sureñas, ya sea de roble, alerce, lenga o ciprés, mientras que dos lámparas voluminosas colocadas en los rincones se encargarían de la iluminación. Siguiendo, en el comedor y el living encontraríamos colores calidos, sillones amplios, maderas oscuras, texturas porosas y cuadros al óleo muy bien alumbrados. Para finalmente encontrarnos con una muralla de piedra caliza y el infaltable olor a ciprés que tanto me gusta.
Mientras que la segunda profesión sería la de chef. Ese personaje dinámico, dotado de historia, sociable, de temperamento fuerte y por sobre todo innovador. Un hombre de sensibilidad aguda, tan apunto de desarrollar un sexto sentido que se vuelve amante de la buena vida. Leer un libro de un chef es todo un prodigio, ya que el bagaje cultural y gastronómico se refleja en expresiones alborotadas y detallistas, que hacen alusión a la sensibilidad con que perciben el mundo. No sólo se trata de preparaciones simplistas, de datos bohemios y recetas domingueras, sino, de aquella pasión con la que son capaces de expresar la cultura, en donde las manos cumplen un rol fundamental, siendo el punto de encuentro con la realidad.
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