
Era de noche, exactamente media noche y yo sentada en la esquina de la cafetería escuchando un grupo de jazz que tocaba en el salón principal, donde el saxofón era el instrumento que creaba ese ambiente bohemio, un tanto romántico, en el que los sonidos se conjugaban creando detalladas melodías que resonaban por si solas.
Mientras esperaba a mis tres amigas, comencé a contemplar el boliche, tenía una decoración mezcla de lo clásico con toques modernos, en donde las tonalidades marrones se fusionaban con las maderas oscuras de los muebles, y que al mismo tiempo realzaban el agua que caía por una de las murallas del costado.
Entre tantas observaciones, irónicamente terminé contemplando los rasgos de las personas que estaban en la sala, su vestimenta, su tono de voz, sus gestos, el color del labial y unos que otros tacones. Entre tanto, llegaron mis amigas, bulliciosas y con la risa a flor de piel, pero no se demoraron en habituarse a ese ambiente casual y disipado del local.
Cuando se acercaron a saludarme, sentí un fresco olor a perfume de mujer, que por unos segundos vistieron a mi imaginación de glamour. Luego del saludo me fijé en sus vestidos, que aunque no dejaban de ser llamativos, me hacían sentir más atrevida de lo común y así me lo hizo notar una de ellas al comentar mi sugestivo escote y el color rojo carmesí de la tela que al mismo tiempo resaltaba mi espalda descubierta.
Hablamos por largas horas, como que si el tiempo se agotara bajo nuestros pies. Romances, desamores y una que otra historia casual, fueron los temas que se robaron el centro de nuestra conversación.
El ambiente, la música de fondo, y ese aroma a canela que tanto me agrada se cortan de súbito frente a mí, al ver sentado tres mesas más allá, el chico de la biblioteca de mi facultad, con el cual no he cruzado ninguna palabra, pero aun así, hay un algo que me atrae en él. Trate de hacer como si nada y seguir con el hilo de la conversación, en todo caso daba igual ya que a ninguna de mis tres amigas le había contado esta historia que carecía completamente de relevancia.
Al rato después, se corrieron las mesas a un costado y algunas parejas comenzaron a bailar, mientras que nosotras seguíamos conversando, bueno, hasta que una se le ocurrió que todas nos paráramos a bailar. Fue divertido ver que conjugábamos movimientos carentes de armonía y coordinación, pero daba igual, éramos nosotras cuatro al medio de la pista, moviendo los vestidos al son del viento y sonriéndole a la vida. Luego nos dispersamos y comenzamos a bailar con otras personas de la cafetería; me toco bailar un tema con un afro, fue entretenido ver sus movimientos tan holgados, desprovistos de esfuerzos, era cosa de mirarlo y uno sabía que era algo natural en él.
Así pasé de persona en persona durante casi una hora, hasta que de repente siento una mano cálida en la espalda, la cual me exaltó, fue raro, ni siquiera lo tuve que mirar para saber que era él, lo deduje como si fuera algo cotidiano. Sin cruzar ni una sola palabra comenzamos a bailar, me sentí algo retraída y hasta yo misma sentía mis pulsaciones. Era tan delicado al tratarme, bailaba con la intensidad justa haciendo una exacta conexión con mis pasos.
Era perfecto, que más podía pedir, mi cafetería favorita del barrio Las Tarria, el ambiente, la música, el café de media noche, mis amigas, y él bailando junto a mí. Bueno, eso fue por un momento, hasta que una de mis amigas se le ocurrió irse.
La mañana siguiente me costó despegarme de las sabanas, pero el solo hecho de pensar que me lo podía encontrar era la excusa perfecta para levantarme. No había tomado desayuno, pero hoy no lo necesitaba, tenía más energías que nunca y por otro lado mi mente divagaba y carecía de razonamiento.
En la puerta de la facultad estaban cinco compañeros fumándose el primer cigarrillo del día, el tiempo nos apremiaba si que entramos rápido. Cuando íbamos en el segundo piso siento la misma mano cálida de la noche anterior, me doy vuelta, y un súbito beso lleno de pasión se escribe entre mis labios.
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